Eres dueña de tu vida y, al mismo tiempo, no lo eres. Crees que no llevas las riendas. Eres una sumisa de la vida.
Alguien aparece. Poco importa por qué, cuándo, dónde... Ahí está. Alguien diferente a tu esencia: con determinada trayectoria, paciente, con responsabilidades... Diferente. Te llega dentro. Desapareces. Vuelves a aparecer. O él aparece otra vez. De nuevo, poco importa... Te envuelve. Sois. Aquí y ahora.
Él te enseña parcelas de la vida que antes nadie te enseñó, o que no supiste ver -que quizá es lo mismo- por no ser ellos quienes iban a enseñártelas. Porque él apenas pregunta, te muestra que es posible vivir sin saber, sin querer descubrirlo todo. Él prefiere reservar lo privado a un mundo de dos. Él ve un lugar de silencio en el que tú saboteas eso, el silencio y, tras abandonar ese rincón, te lo dice a solas. Él tiene al tiempo como aliado. Y espera. Siempre espera. Permanece en un salón esperando a que estés lista para desayunar contigo y que tú desayunes con él. No tiene prisa. No te ha dicho “No inventemos la prisa”, pero esa verdad podría ser suya. Él no termina tus frases cuando tu compañera la tartamudez hace acto de presencia; él espera, siempre. Él desea que cuando brindáis mires a sus ojos, como él mira a los tuyos; aunque le expliques que su mirada es demasiado potente para ti, la próxima vez que os veáis querrá que vuestras miradas brinden; eso lo esperará siempre; y lo mejor de todo es que, en realidad, ese “siempre” es “nunca”.
Él agradece.
Y tú, que crees no saber nada y saberlo todo, que siempre quieres saber, que nunca tienes paciencia y nunca esperas, que no te preguntas por qué los espejos retrovisores de un coche son más pequeños que el parabrisas... Tú le dices: “Graciasss”. Y le pides perdón. Sin decirle por qué.
Luego... Sientes dentro de ti que tu esencia crece gracias a él. Si él no está, tú eres. No eres más, ni menos, ni distinta, aunque así lo creas. Si tú no estás, él es. Aquí y ahora.
Respiras. Hondo. Como si quisieras absorber la atmósfera entera. Como si quisieras absorberlo a él. Ahora le miras a los ojos sin bajar tu mirada. Brindas. No, no brindas: brindáis. Observas cómo él te absorbe y te devuelve al universo. Su ser te invita a hacer lo mismo. Intentas. Intentas de nuevo. Lo absorbes y lo devuelves al universo. Y le susurras: “Graciasss”.
Alguien aparece. Poco importa por qué, cuándo, dónde... Ahí está. Alguien diferente a tu esencia: con determinada trayectoria, paciente, con responsabilidades... Diferente. Te llega dentro. Desapareces. Vuelves a aparecer. O él aparece otra vez. De nuevo, poco importa... Te envuelve. Sois. Aquí y ahora.
Él te enseña parcelas de la vida que antes nadie te enseñó, o que no supiste ver -que quizá es lo mismo- por no ser ellos quienes iban a enseñártelas. Porque él apenas pregunta, te muestra que es posible vivir sin saber, sin querer descubrirlo todo. Él prefiere reservar lo privado a un mundo de dos. Él ve un lugar de silencio en el que tú saboteas eso, el silencio y, tras abandonar ese rincón, te lo dice a solas. Él tiene al tiempo como aliado. Y espera. Siempre espera. Permanece en un salón esperando a que estés lista para desayunar contigo y que tú desayunes con él. No tiene prisa. No te ha dicho “No inventemos la prisa”, pero esa verdad podría ser suya. Él no termina tus frases cuando tu compañera la tartamudez hace acto de presencia; él espera, siempre. Él desea que cuando brindáis mires a sus ojos, como él mira a los tuyos; aunque le expliques que su mirada es demasiado potente para ti, la próxima vez que os veáis querrá que vuestras miradas brinden; eso lo esperará siempre; y lo mejor de todo es que, en realidad, ese “siempre” es “nunca”.
Él agradece.
Y tú, que crees no saber nada y saberlo todo, que siempre quieres saber, que nunca tienes paciencia y nunca esperas, que no te preguntas por qué los espejos retrovisores de un coche son más pequeños que el parabrisas... Tú le dices: “Graciasss”. Y le pides perdón. Sin decirle por qué.
Luego... Sientes dentro de ti que tu esencia crece gracias a él. Si él no está, tú eres. No eres más, ni menos, ni distinta, aunque así lo creas. Si tú no estás, él es. Aquí y ahora.
Respiras. Hondo. Como si quisieras absorber la atmósfera entera. Como si quisieras absorberlo a él. Ahora le miras a los ojos sin bajar tu mirada. Brindas. No, no brindas: brindáis. Observas cómo él te absorbe y te devuelve al universo. Su ser te invita a hacer lo mismo. Intentas. Intentas de nuevo. Lo absorbes y lo devuelves al universo. Y le susurras: “Graciasss”.